Revelando recuerdos.

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miércoles, 28 de octubre de 2009

Reniegos.







Desde que pernocta a la intemperie

la clemencía del escrúspulo

y los corazones se nutren de egos en tabernáculos

donde yace el último vestigio

de caridad que rezagado quedó,

vertido en el asfalto.



Desde que engulle el trasiego del alma

las migajas del aliento desidioso

en el raciocinio del instinto.

Desde entonces...



Los ombligos germinan petulancias

y el sosiego es quebrantado por las voces

clamando en el desierto su retazo de firmamento.



Desde que asistí al sangunario ceremonial

del hombre danzando sobre sus raíces

en mórbidos compases de arrogancía

abofeteando espaldas erguidas.



Desde que a la intemperie

pernoctó el beso de la felonía

en brazos de la última misericordia de Cristo.

Desde aquel ocaso de labios sin comisuras

y sombríos letargos en las conciencias anochecidas.

Desde entonces...



Renegué de mi humana condición

y gateo a horcajadas

aullando a lunas sin dueños

y arropando soles sin destellos.

Transmutación.


No me preguntes
cuándo, ni cómo mutaron
mis inconclusos deseos, bañados
en ortigas de plástico,
sustentados en efímeras brasas
de mudas volutas de humo.

No me preguntes
cuándo, ni cómo mutaron
en la perfidia del tiempo.Reseco.
Las estrías de los te quiero deseados
en suspiros aletargados, ascuas
del último beso.

Mutaron entre la umbría de las horas,
vacuos deseos mordaces
con sabor a despedida.
En el cuerpo, los espasmos ateridos
galopando entre el gélido latido
del instante,
y el sórdido morbo
chorreando el verbo que sólo se disfruta una vez
y se escupe por los siglos de los siglos.

Tengo sed de amor en el alma.
En mi vientre,
huestes demoníacas
de sigilos y gangrenas al abrigo del crepúsculo.
Y en mi corazón,
el incontrolable anhelo
de ser, a partes iguales,
esclava de Eros y pérfida Afrodita en la gruta del deseo.

Tú nunca lo sabrás.


Los hijos son las anclas que atan a la vida a las madres.

Sófocles.





Tú nunca llegarás a saber
que soy de fuego y viento.
Y que un día de mayo
cuando la tarde moría
abrí mis entrañas a la primavera
y me veneró
el llanto del sauce
en la cúspide donde anidan los más fieros desgarros.


Melodías celestiales
rechinaron en mis dientes entumecidos
en el desamparo de vientres desgarrados.
Y el mismo Dios despertó de su letargo
embriagando mi cordón umbilical
con su milenaria legaña.

Los ángeles caídos
se rindieron a mis pies
ante la supremacía del instante,
ese instante conciso y singular en la levedad del tiempo
donde fui.
Sólo madre y madre sola.


Tú nunca llegarás a saber
que cual guardián de Israel
no duerme ni reposa mi alma.
Ni cuando el ocaso peina mi embozo
en un suspiro de sombría incertidumbre.
Ni al ungir la aurora sus brazos en mi pecho
arrullando la cumbre de mis pezones
con su mágica estela.

Y socavan latidos placentarios
los puntos cardinales en la geografía de mis días
y las coordenadas de mis noches.


Y desde ese día,
cuando la tarde moría.
El Cosmos se alió en mis constelaciones
atando mis presentimientos al infinito.

Y fui...
oasis abierto al crepúsculo.
amparo del exiliado en tiempos belicosos,
cobijo en tardes lluviosas
y sonata de fieras decepciones.

Tú nunca lo llegarás a saber
pero sí puedes llegar a entenderlo.

Tú nunca lo sabrás.



Tú nunca llegarás a saberlo.

Tú nunca llegarás a saber que soy de fuego y viento.

Y que un día de mayo ,
cuando la tarde caía, abrí mis entrañas a la primavera
y me veneró el llanto del sauce en la cúspide donde anidan los mas fieros desgarros.

Melodías celestiales
rechinaron en mis dientes entumecidos
en desamparo del vientre desgarrado.

Y el mismo Dios despertó de su letargo embriagando mi cordón umbilical con su milenaria legaña.

Los ángeles caídos ,
se rindieron a mis pies ante la supremacía del instante,

ese instante conciso y singular en la levedad del tiempo;

donde fui...

Sólo madre y ...madre sola.

Tú nunca llegarás a saber que cual guardián de Israel

no duerme ni reposa mi alma,

ni cuando el ocaso peina mi embozo en un suspiro de sombría incertidumbre,

ni al ungir la aurora sus brazos en mi pecho

arrullando la cumbre de mis pezones con su mágica estela.

Y socavan latidos placentarios los puntos cardinales de la geografía de mis días y las coordenadas de mis noches.

Y desde ese día.
cuando la tarde moría.

El cosmos se alió en mis constelaciones atando mis presentimientos al infinito.

Y fui oasis abierto al ocaso.

reposo del exiliado en tiempos belicosos
cobijo en tardes lluviosas

y sonata de fieras decepciones.

Tú nunca lo llegarás a saber

Pero si puedes entenderlo.

Mi día magullado.


Magullado va el día
por este manto corinto
que bordea laderas sin nombre,
en los pliegues de mis manos.

Se escapa.
Otra nube rasgada en el oprobio,
de voces silenciadas por el sol
camuflado entre bambalinas purulentas.

Mi silueta deslizándose en estíos impávidos,
se escapa.

Como escapa el día
en lacerante desventaja
perdido en el fragor
de mil batallas filantrópicas
en huestes de instantes,
todavía vírgenes
catapultadas al olvido.

Magullado va el día..
en esta vidriera
revestida de metáforas en cajones,
peinada con púas de vientos retóricos.

Otro día más,
sin haber bebido el cáliz inmune del pecado
sin haber pecado inmune en tu boca.

Magullando va el día,
un filo de navaja
reverberando en la astilla del calendario;
posponiendo razones
amordazando corazones.
Volteando el dédalo cíclico
sin escapatoria posible de mi galera.

Veo pasar días erguidos
en la reseca umbría
de cántaros atragantados de comisuras,
y corolas rezumando asqueo.

Magullado va el día
y me olvide
de mecerlo en mi regazo
y ahora pernocta sobre cartones de vacuos crepúsculos.

Soñando asfaltos.


Soñando asfaltos.


A menudo pinto flores
mancilladas en cemento
en mi desvalido intento
de abarrotar de colores
la ciudad y sus hedores.
Y perfumo las farolas
girasoles sin corolas
de lavanda y azahares
que acompañan mis andares
en piruetas y cabriolas.
A menudo pinto besos
desvaídos entrecejos.
De esas fauces sin pellejos
que rezuman los abscesos
de ambiciones y sus pesos.
Mis besos son de corinto
en asfalto variopinto.
Dejo vestigio de aquella,
avenida que preño huella
en latido del instinto.
A menudo pinto trenes
con grafitos renegridos
en baladas sin sonidos.
Obturándome las sienes
invitan a sus andenes.
En estaciones montando
que detienen sólo cuando,
revisores sin mirada
recaudan horas hastiadas
de su manga un as sacando.

A menudo me sostengo
en el borde de un tejado
que al raseo me ha instado.
En cuclillas me mantengo
sin saber si voy o vengo.
Cincelo estíos en tejas
de amapolas en madejas.
Enredadas en mi pelo
de tuberías riachuelo
regando uralitas viejas.

A menudo peino versos
intuyendo los delfines
al compás de los clarines
danzar en la fuente inmersos.
De parques sus universos.
Y vislumbro una sirena
que varada en una antena
susurra a los caminantes
deambulando ignorantes
a mis delirios ajena.

A menudo tengo un sueño
que mi mundo me desmonta
con la saña de su impronta.
Y frunciendo voy el ceño
a ese espacio tan pequeño
de pavimento dormido.
Penetro sin hacer ruido.
Si despierta mi quimera,
quizás sea la primera
que se fugue de este nido.